José Luis Carretero de administración y finanzas en Lecce (Italia)

Inicié el viaje con inseguridades, de hecho, compré el vuelo una hora después de realizar el último examen, hice las maletas, preparé todo sin despedirme de nadie…una locura. Y todo para qué, empezó a llover, se canceló el vuelo…vaya buen augurio para iniciar un Erasmus+.

Finalmente cogí el vuelo el lunes siguiente, y llegué a Brindisi, para variar lloviendo, con todas las maletas, a las once de la noche.  Menos mal que vinieron a recogerme para llevarme a la casa y darme las llaves. Minutos después estaba en la que iba a ser mi primera casa, chica, algo sucia pero bueno, he estado en sitios muchísimo peores, pero en conclusión, para ser de Erasmus estaba muy bien, muy completa. Y ahí estaba yo, solo, mojado, cansado, muerto de hambre e intentando manejarme con un idioma que solo había escuchado anteriormente en las primeras escenas de “El Padrino”.

Al día siguiente fui a comprar cosas para pulir la casa y dejarla impecable, no podía dormir si no hacía algo y tal como lo pensé, lo hice. De mañana a noche limpiando la casa de arriba abajo con amoníaco y lejía. Ahora si, ya me sentía como en casa, pero olvidé un pequeño detalle, comprar la comida. ¡AH! Bendita sea la mala cabeza que tengo, solución, salir por la calle a ver qué podía llevarme a la boca. Y fue en ese entonces cuando encontré la Pizzería a la que iría en adelante y donde comenzaría mi amor por esa tierra.

No más grande que un bar, con un estilo simple, lleno de alegría entre los cocineros, viendo las pizzas volar de la mesa al horno y del horno a la bandeja para llevarla a la mesa o para meterlas en las cajas de cartón. Ese saludo cortés, de una italiana de mi edad, con una sonrisa de oreja a oreja, la cual se aumentó al saber que era extranjero, “! Spagnolo! Oleé!!!” y fue en ese entonces, cuando quería hablarle, que me di cuenta de que no podía, no porque no quisiera, sino porque realmente no podía por la limitación del idioma. Y esto fue lo que avivó mi interés en aprender.

Al día siguiente comencé a trabajar, mi jefa, un auténtico amor de persona, responsable, diligente, siempre dispuesta a echar una mano en lo que hiciera falta, en más de una ocasión me ha ayudado a corregir algún error escribiendo, y verbalmente…casi a diario.

Llegaron mis compañeras y se disipó la soledad de las tardes, no volví a aburrirme en casa, eso tenedlo por seguro.

Inicié nuevas amistades, como con Andrea (que no os engañe el nombre, que es de chico) con el cual salía cada fin de semana, con él y su pandilla. Ya iniciaba a asimilar casi todas las oraciones y apenas llevaba un mes, eso sí, hablaba como un indio, de manera torpe y siempre en presente. Y entonces empezó a correr el tiempo hacia delante.

Avanzaron los meses, conocí playas como Torre dell’Orso, Galipoli, Santa Maria dell Bagno, Otranto… ¡Qué maravilla de playas! Aguas cristalinas y paisajes muy pintorescos. Ciudades antiquísimas como Galatina, Villa Franca Fontana, Bari, Lecce entera…Que aunque hayan edificios nuevos alrededor, conservan las construcciones antiguas en perfecto estado.

Y llegó la vuelta a España, nunca me ha resultado tan difícil volver a casa y eso que he vivido más de una vez fuera. Pero ahora entiendo el porqué, me ENAMORÉ PERDIDAMENTE de Italia, su idioma, sus calles, su cultura, su clima y su gente. Y tengo por seguro que VOLVERÉ.

Por: José Luis Carretero Puig.

2º ADYF

 

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