Nyahururu: Esfuerzos y Recompensas, experiencia de Fran García
Cuando surgió la oportunidad de viajar a Kenia a través del programa Erasmus+ no lo dude ni un segundo. En parte porque se trataba de continuar el camino que otros compañeros de Sopeña habían comenzado en cursos pasados, en parte porque visitar Kenia y conocer muy de cerca su sistema educativo era una oportunidad que no podía dejar pasar.
Lo de continuar el camino iniciado por otros compañeros puede sonar baladí, pero no lo es en absoluto porque una parte importante del Erasmus+ consiste en establecer caminos, contactos y relaciones duraderas que ayuden a establecer estructuras de confianza entre instituciones que quieren enviar o acoger a alumnado y profesorado. Es un camino arduo, lleno de alegrías pero también de sinsabores porque no todas las relaciones funcionan, pero cuando lo hacen y se establece una relación de confianza entre las partes, el resultado es de lo más fructífero. Por todo esto, mi Erasmus+ a Nyahururu, en Kenia, no ha sido sino la continuación de otra experiencia Erasmus+ que otras compañeras llevaron a cabo el pasado curso, que a su vez usaron un contacto que otra compañera consiguió dos años atrás. Como he dicho antes, un camino que se va construyendo baldosa a baldosa y en el que la constancia y la perseverancia son claves.
Con respecto a no desaprovechar la oportunidad, no creo que haya que decir lo que supone poder conocer un sistema educativo tan alejado del europeo como puede ser el keniata, estamos hablando de 6000 kilómetros de distancia física y puede que muchos más de distancia cultural. Kenia es otro mundo, puede sonar algo manido, pero nada más aterrizar en Nairobi te das cuenta de que el ritmo es otro, un ritmo que si hubiese que definir con una palabra sería, lento. Nadie parece tener prisa, nadie parece acuciado por ninguna necesidad esencial que haya que satisfacer inmediatamente, todo el mundo fluye y todo se termina haciendo, pero sin presión, sin prisas. Sólo por eso, ya merece la pena una visita al país, es otra manera de ver la vida y de enfocarse en los objetivos quizás sin tener esa presión constante que tenemos en Europa por alcanzar, cuanto más rápido mejor, no sabemos muy bien qué.
El viaje de Nairobi a Nyahururu, en principio de más de dos horas y media, se convirtió en uno de casi seis horas debido a lluvias torrenciales y a un atasco monumental en una de las principales carreteras del país, la que va desde Uganda a Mombasa y que atraviesa Kenia más o menos de noroeste a sureste. Creo que hubo suerte con el taxista porque era capaz de conducir igual de bien por el asfalto que por toda clase de cunetas, hierba, caminos de tierra, tierra sin caminos y arroyuelos, una habilidad que fue esencial para no quedarnos en el atasco durante los dos días que posteriormente nos dijeron que duró. Así que nada más llegar, una pequeña aventura mitad competición de rally, mitad excursión off-road con un coche para nada preparado para tal menester.
Esfuerzos y Recompensas
Creo que no hay nada mejor que viajar en coche y mirar por la ventanilla para conocer bien un país, mucho mejor que bajarse y hablar con gente o comer en restaurantes o visitar lugares turísticos. Hay una cierta mística en mirar a lo lejos, o a lo cerca, a través de la ventanilla de un coche en marcha e imaginarse las miserias y las alegrías de las personas que aparecen y desaparecen fugazmente. Desde Nairobi a Nyahururu, antes de que anocheciera, se presentaba Kenia en todo su esplendor, llanuras enormes, bosques impenetrables, alguna que otra cebra, algún que otro antílope, y muchos pueblos o asentamientos al borde de la carretera con tiendas grandes y pequeñas que supongo te venderían todo lo necesario para ir o para volver a donde quiera que sea que la gente de Kenia vaya o vuelva. Lo digo ya para que quede claro, lo primero que asalta la vista es que Kenia es un país pobre. Es un país estable, es un país que no ha tenido guerras recientes y que tiene una cierta solidez democrática y de infraestructuras debido a su pasado colonial británico, pero todo ello no quita que, a ojos de un visitante europero y por mera comparación, la pobreza salte a los ojos en muchos detalles. Carnicerías con la carne colgada de ganchos en el techo sin cadena de frío, mercados y tenderetes hechos de palos de madera y toldos, coches remendados y arreglados hasta más no poder y otro mil detalles aparentemente sin importancia pero que son los que al final dan la verdadera medida de la riqueza de un país, mucho más que los grandes números del PIB o los múltiples índices de pobreza que pueda haber. Si queréis conocer un país, subiros en un coche y observad a través del cristal de la ventanilla, lo bueno y lo malo, lo bonito y lo feo, lo turístico y lo no turístico.
Mi destino era Nyahururu, una pequeña ciudad, 50000 habitantes aproximadamente, situada al noroeste de Nairobi, donde la Fundación L’arche Kenya me acogió desde el primer día y se ocupó de enseñarme los lugares en los que yo había mostrado interés. Escuelas de primaria y de secundaria.
Lo primero que llama la atención a un profesor español que visite centros educativos en Kenia son dos cosas: la diferencia de infraestructuras y la diferencia de disciplina en las clases. En lo primero, Kenia tiene que ponerse al día, supongo que como casi todos los países de África, en lo segundo nos tenemos que poner al día en España porque es sorprendente el respeto, la implicación, la atención y el interés genuíno que cada uno de los alumnos de cada clase pone en la explicación del profesor. Es muy lícito y muy necesario pedir aquí en España mejores infraestructuras en colegios e institutos pero podríamos tomar nota de que lo imporante no es eso, o no lo es en comparación con una disciplina de clase que aquí se está perdiendo, o está perdida, y que en otros países africanos y sobre todo asiáticos es un puntal fundamental de la educación. Da un poco de envidia ver a alumnos keniatas que, con mil veces más dificultades que la media del alumnado español, atiende en clase, pregunta dudas, responde erróneamente o bien, pero responde, y se va de la clase con la lección aprendida, literalmente. Me recordó mucho a la EGB de cuando yo tenía esa edad. Orden, respeto, educación y aprendizaje bien entendido. Si la ley del esfuerzo-recompensa funciona, Asia y África no van a tardar mucho en pasarnos por encima como un rodillo.
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Tuve esa sensación tanto en la escuela primaria como en la secundaria. En la primaria, obviamente los alumnos eran más curiosos, miraban más al “mzungu” al blanco que había entrado en la clase a observar cómo aprendían inglés, porque esa es otra… el inglés es la lengua vehicular de la enseñanza del país, quedando el swajili como lengua del hogar y del día a día. Cualquier infante de cinco o seis años de Kenia habla un mejor inglés que el 90% de los estudiantes españoles con un B1 o un B2 de Trinity o Cambridge. Todo ello dando clase en barracones sin pintar con chapas viejas por tejado y, obviamente, sin aire acondiconado.
El culmen de este tipo de contraste llegó en el instituto de secundaria, una escuela situada en mitad del bosque a bastante distancia de Nyahururu donde fuimos recibidos muy cálidamente por el equipo directivo y el profesor de lengua inglesa, que muy amablemente nos permitieron entrar a una clase de métrica y figuras literarias. Escuchar hablar de rimas asonantes y consonantes, de aliteraciones y escuchar recitar poemas en un entorno tan perdido y tan aislado de todo lo que uno conoce se convierte en una experiencia muy bonita, quizás la mejor de toda la movilidad para mí. Los estudiantes también miraban de reojo al “mzungu” esta vez, por ser adolescentes, con más vergüenza que curiosidad en la mirada, hay cosas que no cambian entre países, y la edad del pavo es una de ellas.
La institución de acogida, L’arche Kenya es una fundación que se ocupa de niños discapacitados en ambientes rurales keniatas, un contexto muy complicado. Tuvimos excursiones de campo a lugares remotos donde viven parejas con niños discapacitados a los que llevamos aparatos ortopédicos hechos de cartón envuelto en papel de periódico. La frase, hacer de la necesidad virtud, no ha tenido nunca más sentido que para estos niños. En esas casas rurales, en esos ambientes donde no llega el turismo, ni los safaris ni casi los cooperantes es donde se ver la realidad del país. No me voy a recrear, así que sólo voy a decir que es una realidad difícil, muy difícil, si a la pobreza unimos la discapacidad el resultado no puede ser sino dramático. A partir de ahora no voy a poder escuchar la frase “tienen muy poco pero mira… son felices con lo que tienen” sin enfadarme, es una frase que ya intuía errónea pero que ya puedo afirmar con conocimiento de causa que no tiene nada que ver con la realidad.
Visitando a todas esas personas, comí buñuelos, atravesé el Ecuador para “abajo” y de vuelta para “arriba”, nos bajamos de la furgoneta justo ahí y un chaval muy amable que supongo que vive allí y vive de eso nos explico con una cubeta de agua y una ramita el efecto Coriolis al norte y al sur del Ecuador, vi paisajes impresionantes, algunos pasaban bastante rápidamente porque era peligroso ir despacio a causa de encontrarnos en tierra de bandidos, en cada casa que visitábamos nos sirvieron comida y te. Ha sido el día que más veces he comido en mi vida, un total de 5 veces entre las 8 de la mañana y las 2 de la tarde porque hubiese sido de muy mala educación decir que no. Caminé por una carretera con Samson, mi guía de L’arche, bajo un cielo plomizo que amenazaba con dejar caer el diluvio de un momento a otro, diluvio que cayó esa misma tarde y todas las tardes después con truenos y relámpagos constantes y bastante virulentos.
La Kenia rural no es para todo el mundo, ni siquiera creo que sea para el turista ávido de experiencias, porque no son experiencias de las que hoy en día se consideran bonitas, son experiencias reales, y la realidad, la realidad de verdad, la realidad real, la realidad sucia y llena de barro y pobreza le gusta a muy poca gente. Y sin embargo, ha sido sin ninguna duda lo que más rescataría de un Erasmus+ que, además de meterme de lleno en otro sistema educativo, en otras maneras de enseñar y de aprender, me ha enseñado un país muy diferente a lo europeo, pero también un país muy diferente a la visión que tenemos en Europa de África. Un país que funciona, a duras penas, pero funciona, con su corrupción política, con sus pequeños sobornos a los policias en las carreteras, pero que funciona y funciona porque los individuos lo hacen funcionar, porque uno a uno, cada persona keniata trabaja e intenta mejorar sus condiciones de vida y la de los demás. Porque hay gente intentando ayudar a los desahuciados de la sociedad. Un país que ha sido mi punto de entrada a África y que me deja sensaciones agridulces porque es duro por comparación con lo nuestro, pero que me hace pensar que en lo que podríamos ser aquí si tuviésemos la mitad de su empeño y dedicación.
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